MANDÁTE MUDAR, BOLUDO

Admitámoslo: Estaba allí detenido con razón. Y estaba sin dinero, sin cartera, con un hambre de lobo, sin duchar, oliendo a rayos, enamorado como un bobo y con la autoestima hecha trizas. Pero lo principal era controlar la taquicardia, esas palpitaciones tercas que rebotaban del precordio a la garganta, y en ello me concentré, mirándome las puntas raídas de los calcetines y preguntándome muy digno por mis supuestos derechos pisoteados. El calabozo era gris, gris el techo y el suelo y las paredes, de un gris liso y sin interrupciones, como el interior de una caja de cerillas, excepto por la mirilla cuadrangular en la puerta de metal blindada. Y yo estaba allí solo, descalzo –le hacen a uno despojarse de los zapatos y de todo lo que lleva en los bolsillos antes de encerrarlo-, sin más entretenimiento que contarme los latidos por minuto, rumiar mi enfado y distraerme con las pequeñas pintadas en la pared junto al portón, que decían cosas en holandés, vocablos desconocidos con dobles oes y jotas, probables tacos que no podía descifrar pero que seguro compartía.
Las pisadas de bota acercándose por el pasillo volvieron a mezclarse con mis palpitaciones. Se descorrió un cerrojo, dos. Se abrió el portón, y allí estaba otra vez aquel gorila rubio.
—You. Out.
Su inglés era escueto, escaso, feo, mal pronunciado. Me lo quedé mirando, midiendo las distancias, notando ya el alivio en la certeza de que la violencia física estaba descartada, a pesar de ese aspecto de homínido nazi que había conseguido aterrarme a mi llegada a la comisaría.
—You follow me.
Quería que le siguiera, eso era todo. Bueno. Bien. Iba a explicarles que yo era médico y todo eso, un tipo respetable, y que la tentativa de delito menor que acababa de cometer se debía a una situación de pobreza momentánea de la que no era responsable, y a una costumbre hispana de supervivencia con antecedentes literarios desde el Siglo de Oro.
El jefe local de Policía tenía, sin embargo, muy poco conocimiento del Lazarillo o el Buscón, y dada mi falta de documentación, su perfecto derecho a no creerme. Me puso en las narices una declaración escrita en un inglés lamentable en la que yo me reconocía autor de robo sin atenuantes literarios, y me informó sin más de que estaba condenado a una multa de cien florines.
—A hundred guilders —le hice repetir. Todo eran dificultades, realmente. No tenía cien florines. No tenía nada, y ese era el problema inicial por el que me encontraba allí.
Estaba en Amsterdam, Holanda, y las cosas me iban mal, muy mal.
¿Cómo habían podido fallarme tantos cálculos desde mi butaca? ¿Cómo pueden convertirse unos planes de vacaciones perfectos en aquel desastre? Para empezar: ¿Cómo podía haber sospechado yo la existencia de Gina?
Gina tenía por aquel entonces veintiocho años, calculo, y decía continuamente pienso de que y resulta de que, pero tenía también un par de ojos azules y uno de esos bustiers de fantasía veraniegos que la disculpaban de todo lo demás. Cuando el día anterior, recién llegado a Amsterdam, la había encontrado en aquel bar, yo no era todavía un miserable ratero multado por la ley, sino sólo un médico soltero y feliz, un tipo normal de vacaciones en busca de paz y de paseos solitarios por los canales.
¿Qué me hizo entrar en aquel oscuro café del Jordaan? ¿El cálido ambiente ocre del interior? ¿La sed? ¿Las ganas de una cerveza Amstel degustada despacio mientras repasaba mis notas de viaje en la intimidad? ¿El chaparrón estival que caía sobre Amsterdam? ¿Aquel par de cabras que, cosa extraña, se resguardaban bajo el alero junto a la puerta dando al local un exagerado toque country? Entré en aquel café. Primer error de cálculo.
Entré, y al verla allí en la barra, alegre, radiante, hermosísima, leyendo El País con tanto interés, me llegaron al alma su naricilla roma, los susodichos ojos de tono añil oscuro y ese acento argentino tan Cortázar cuando hablaba con el camarero –español, el camarero, cómo no, gallego de Cangas de Morrazo–. Entonces no sabía que era psicóloga. En realidad no lo parecía. Ya saben a qué me refiero; conocerán psicólogos. Hablan bastante y tal. Gina no.
De acuerdo, suena estúpido, lo confieso. Me enamoré perdidamente a primera vista. Segundo error de cálculo.
Porque el asunto es que Gina no estaba sola, claro. Ninguna chica como Gina está sola nunca en ningún sitio del mundo.
Apenas entré en aquel bar, ya la rodeaban tres tipos con ese aire que a uno le resulta familiar cuando recuerda las portadas de los álbumes de ACDC, Kiss o Motorhead. Tres tipos enormes y de aspecto alarmante. Los tres la agobiaban medio en broma, la empujaban sin gracia, y ella hacía como que no quería darse cuenta y se enfrascaba más y más en el diario con cada empujón, con cada piropo obsceno en holandés.
“Dulcinea”, pensé, y me acerqué al grupo con las manos en los bolsillos y la cara que solía poner Dana Andrews ante los gángsters en las películas de Fritz Lang.
—Por fin te encuentro —dije, abriéndome paso entre los gigantes y colándome justo al lado de Gina en la barra. Mmm. De cerca, Gina olía a Carolina Herrera. Me miró muda y con ojos de plato, y yo seguí hablándole en español con el acento más pijo y tranquilizador que supe, rodeándole la espalda con el brazo—. ¿Y bien? ¿Conocemos a estos señores?
—No sé si vos los conocés —Gina abrió más todavía sus ojos de plato de porcelana azul de Worcester y arrugó su naricilla roma mirándose casual el bustier de flores—, pero yo es la primera vez que los veo en mi vida. Pienso de que se trata de boludos locales con muchas-muchas ganas de bronca. No sé quién sos, pero sos providencial, che.
El más alto de los tres, un oso rubio con los bigotes apuntillados de espuma de cerveza, me miraba desde lo alto con la boca abierta, secándose con parsimonia las manos tatuadas en la chupa de cuero negro cruzado de cremalleras, mientras sus dos comparsas se reían como lerdos. Me dijo algo en holandés, que por supuesto no entendí, mientras los dos subnormales se reían más. Yo no había hecho nada todavía, pero me di cuenta en seguida de estar metiéndome en un follón irreversible. El tipo me dio un pequeño empujón que me derribó en el suelo tres metros más allá del grupo. Gina gritó. Me levanté disimulando todo lo posible el pánico, sacudiéndome la ropa —esta vez estilo Bogart—, e intenté el paso siguiente y obligado, es decir, un directo a la mandíbula apoyado en la sorpresa. Tercer error de cálculo.
Recibí más tortas que una estera. Me hicieron beber a la fuerza unos tres litros de cerveza con ginebra. Se divirtieron conmigo, vaya. Así es que cuando me desperté semienterrado en un cubo de basura en un callejón cercano a la plaza Dam me dolía todo el cuerpo y tenía una resaca mortal, además de no tener cartera ni documentación ni una mala moneda con que llamar por teléfono. Me habían robado todo, obviamente. Mi dinero, mis tarjetas de crédito, mis llaves, mi orgullo, mi colmillo inferior izquierdo. Y por supuesto a Gina, que no parecía estar por ninguna parte.
Ah, qué ansias de venganza por encima de todo otro padecimiento. Qué no hubiera dado entonces por tener a mano uno de mis bisturíes Becton-Dickinson para recuperar mi dinero y mi documentación a golpe de arma blanca. Empecé la búsqueda de mis agresores calle por calle y antro por antro. Recorrí los canales, febril, preguntando a transeúntes y turistas, camareros y camellos, joyeros y vendedores de sex-shops, policías y lumias del Barrio Rosa. Volví de nuevo al oscuro café de mis desdichas e incluso creí reconocer las pringosas chupas de cuero negro aún colgadas en el perchero de la entrada, pero al acercarme a los cuartos de baño con la torpe intención de reencontrar a aquellos majaderos e intentar la revancha a puñetazos, todo lo que pude encontrar fue lo que me pareció un trozo de la Holanda más rural en el centro de Amsterdam: un triste patio trasero al otro lado de la ventana del baño con tres cerdos desganados revolviendo en el contenedor de la basura.
Necesitaba reconocer a mis agresores, al menos para cursar mi denuncia. Pero el hambre empezó a apretarme desde primera hora de la mañana, obligándome a tomar prestados una barra de pan y una lata de jamón cocido a cuenta de un supermercado cercano al parque Vondel.
Cuarto error de cálculo. Fui esposado a la puerta del supermercado y conducido a la comisaría más cercana. Y allí estaba.
—A hundred guilders —repetía el comisario, y yo le repetía que no tenía cien florines, coño. Pero cuando por fin uno de aquellos guardias me abrió la puerta de la calle empujándome a salir sin más contemplaciones, intuí todo resuelto. Allí, en la puerta de la comisaría, cabizbaja, sonriente, estaba Gina.
—¿Tú… tú has pagado la multa?
—Quién si no, sonso. Te debía el favor. Resulta de que vos sos mi héroe, después de todo.
Fue entonces cuando descubrí que Gina era psicóloga. Ya he dicho que no lo parecía en realidad. Estoy seguro de que saben a qué me refiero. No se subía a peanas científico-culturales intentando tomar un ascendente sobre uno. Pero lo era. Quizá por eso supo en seguida sondear mi estado de ánimo.
—Vaya cabreo que tenés, la pucha.
Era aguda. Y era linda, como dicen allá en la Argentina. Y parecía tan buena, siempre tan rodeada de animales, rondada por gatos y perros, sobrevolada por mirlos y palomas, cual femenina versión rioplatense de San Francisco de Asís. Así es que apenas una semana después de este encuentro me casé con ella.
Quinto error de cálculo. Porque sólo a mí se me ocurre casarme con una psicóloga argentina.
Déjenme contarles a qué me refiero.
* * *

En primer lugar, yo nunca había pensado seriamente en casarme, y si lo hubiese hecho, me habría gustado invitar a mi familia y a todos mis amigos, o si me apuran, incluso haber volado hasta Buenos Aires a conocer a mi familia política y perpetrar allí una emotiva ceremonia nupcial de sabor porteño, con bandoneón y todo. Pero no.
Nos casamos de vuelta hacia España, tras cruzar unas pocos cientos de kilómetros de autopistas a través de Bélgica y de la Picardía, por entre verdes moquetas herbáceas moteadas de rebaños de vacas frisonas con olor a pastos y a mierda sana. La idea fue suya, repentina: Gina era así; yo era más joven. Nos casamos en París, dónde si no, en una capillita vacía de Saint-Germain-des-Prés, de forma urgente y sin invitados ni testigos –nunca se vio boda más triste, a pesar de todas aquellas palomas revoloteando dentro de la capilla- y, tras una cena íntima en una brasserie del Barrio Latino de cuyo nombre no quiero acordarme y cuyo antipático camarero, ay, desapareció tras el primer plato, consumamos con urgencia nuestro matrimonio en un hotel de tres estrellas cercano a los jardines de Luxemburgo, en un encuentro tan latino como el barrio que pisábamos, algo como de Rayuela, Horacio Oliveira y la Maga haciendo retumbar a ritmo de jazz todo el hotelito de la rue Vaugirard desde los sótanos a las mansardas.
Cómo podía yo haber sospechado. Nunca encontré nada raro en su título en Psicología por la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Tampoco en su afición a esos libros de bolsillo que venden en los departamentos de Crecimiento Personal de las librerías. Y en principio tampoco encontré nada extraordinario en sus inclinaciones esporádicas a la parapsicología, a los horóscopos chinos y no chinos, a las cartas astrales, al tarot y la quiromancia, y a cuanta ociosidad esotérica se nos cruzara desde una librería, desde un escaparate, desde una emisora o un programa de televisión.
—Qué querés, boludo. Resulta de que soy bruja.
Ah, qué tiempos. Nos instalamos en Madrid, en aquel Madrid de los años ochenta, donde la llevaba a tomar cañas heladas en la Cruz Blanca o la Dolores y la besaba a sorbos en lóbregos cafés y tascas de Lavapiés o de Malasaña por entre las bajadas de tabernas y adoquines y de mierda de perro en cada esquina, donde aguantábamos el limosneo callejero de presuntos poetas angoleños o manchegos y perseguíamos por el Retiro a aquellas ardillas de importación que cada día parecían más numerosas, donde nos abrazábamos en las Vistillas o en el templo del Debod y yo contemplaba sus ojos azul Mahón y su naricilla roma y su bustier de fantasía y allá al fondo la casa de Campo como si se tratara del mismo Masai Mara, donde de tarde en tarde descubríamos a un nuevo saxofonista en el Central, en Clamores o en un pasillo del metro de Antón Martín, o escuchábamos -qué tiempos- a Jaime Marques en el Whisky Jazz de Diego de León, o pateábamos la plaza de Oriente y la vadeábamos apartando las palomas (por Dios, cuántas palomas) hasta perdernos en una mesa del fondo de ese restaurante de la Cava Alta que sólo Gina y yo sabíamos.
Bueno. Bien. Aceptémoslo. Sí hubo cosas muy extrañas desde el principio de nuestro matrimonio, pero entonces era joven y me faltaba experiencia para sopesar los hechos, o quizá me faltaba la voluntad de hacer frente a una realidad que producía vértigo. Porque no era tan joven como para no darme cuenta de que nunca tuvimos grandes problemas o grandes enemigos.
Es decir, sí teníamos contratiempos, claro, como todo el mundo, pero ocurre que simplemente no duraban.
Desaparecían.
Al principio las desapariciones fueron muy de ciento en viento, tanto que me costó relacionar unas con otras. Después se hicieron mucho más seguidas y más evidentes. Apenas seis meses después de nuestra boda, habían desparecido su jefa, mi jefe, nuestra casera y casi todos nuestros acreedores, banqueros incluídos, y un vecino que se creía Miles Davis y tocaba horriblemente la trompeta. Poco a poco me fui dando cuenta de que todo lo que nos resultaba molesto o apremiante, desaparecía. Pronto empezaron también a desaparecer los agentes municipales que nos ponían multas, los vendedores en la puerta, las encuestadoras telefónicas, las visitas a destiempo, el famoso presentador de aquel programa-basura, y ese político de pelo ralo que defendía la legitimidad de no sé qué guerra o guerrilla.
Fue entonces cuando empecé a relacionar estas desapariciones entre sí, mucho antes de que la Policía juntara todas las pistas que llevaban inevitablemente a casa. Antes incluso de que los dos primeros comisarios encargados de la investigación también desaparecieran.
Y así, aquel día me la quedé mirando, fijamente, allí en la cocina, interrogándola en silencio mientras Gina trataba de hacer una mayonesa con la Minipimer. Ella me contestó a la mirada sabiéndose descubierta, impasible, sin levantar la vista de la emulsión.
—Resulta de que la energía ni se crea ni se destruye; solamente se transforma. Nomás hay que darla un empujoncito a veces, como a esta mayonesa, viste. Aplicás la batidora al aceite con huevo, vinagre y sal y zas, montás el quilombo. Los mandás mudar. Energía transformada.
Me lo decía tan claro, envolviéndome con sus efluvios de cara colonia neoyorkina, traspasándome con aquellos ojos índigo, y yo no la entendía.
Sólo ahora, cuando recorro los tejados del centro de Madrid desde Atocha hasta la plaza Santa Ana y desde la Puerta del Sol a la Red de San Luis, hollando las tejas de barro cocido con cautela, saltando de casa en casa con cuidado de no enredarme el rabo en algún canalón, sólo ahora me doy cuenta de que nunca debí exigirle explicaciones a Gina, y mucho menos amenazar con abandonarla.
Energía transformada. Como antes otros fueron cerdos, cabras, ardillas o palomas, o como lo son ahora estas ratas de cloaca que persigo, hasta hace bien poco trabajadores más o menos honrados o personalidades públicas de nombre ilustre. Hasta que de uno u otro modo, sea en la calle, en el portal o en la escalera, en el trabajo, en la cola del supermercado, en el periódico, en la radio o en la televisión, contrariaron a Gina y la hicieron enfadar.
Sólo ella es capaz de deshacer esta venganza, de volver a transformar la energía y remodelar mi materia. Por eso la seguiré buscando por los tejados hasta que vuelva a encontrarla, y por eso sigo maullando sin fin en la noche de Madrid.

Bilbao, septiembre de 2003
Dr. Ignacio Jáuregui Presa

PUBLICADO EN EL 1º CONCURSO DE RELATOS BREVES DE FAESFARMA