PAPÁ, QUIERO SER MÉDICO...
Enfoque del progresivo deterioro de la figura del Médico ante la sociedad.
La semana pasada el segundo de mis hijos, de tan sólo 12 años, me dijo que estaba pensando ser médico de mayor, y realmente no puedo explicar de forma clara mis sentimientos al respecto, pues no sé realmente qué tipo de Medicina le tocará vivir a este pichón. Sí me he preguntado qué sentiría mi padre cuando le dije que yo quería ser médico, y lo que sí recuerdo es que en más de una ocasión le escuché decir con orgullo que su hijo iba a ser médico, pero “médico del Seguro“, porque era de la opinión que los médicos de la Seguridad Social en España tenían cierta “patente de corso” con respecto a las equivocaciones que pudieran cometer y que estaban respaldados por un respeto institucional.
De lo que sí estoy convencido es de que la Medicina que me ha tocado vivir no es ni por asomo la que vivió mi padre, y que ello no se debe a la progresiva e importante modernización de los tratamientos y de las pruebas diagnosticas –que son mejores, más rápidas–, ni a la utilización de la informática en la consulta, ni tan siquiera a la capacidad formativa de los profesionales y al fácil acceso que tienen a la resolución de los casos a los que se enfrentan, sino a la tan diferente relación médico-paciente.
Si bien la idea de mi padre no carecía ciertamente de fundamento, en tanto que el médico era una figura que infundía en ocasiones un respeto que rayaba en el miedo y a la que el enfermo se enfrentaba como a algo mágico y cargado de misticismo; de ahí la frase, “un médico era más que un ministro”. En la actualidad se ha venido produciendo una degradación en la relación médico-paciente, de tal manera que en muchas ocasiones el profesional la vive como una falta de respeto hacia su persona y hacia lo que representa. Ya decía Sigmund Freud que la verdadera relación interpersonal era como el ejemplo de los erizos que en una noche de frío se juntaban con la intención de darse calor, pero guardando una distancia prudencial para no herirse unos a otros con sus púas.
Es decir, ni tan buena era la actitud tan distante y en ocasiones despótica que podría haberse producido con anterioridad por parte del médico, ni lo es ahora, cuando el médico es visto en muchos casos como un elemento al servicio y capricho del enfermo que, sin respeto, no escatima exigencias y amenazas. Se produce por tanto, en no pocas ocasiones, una relación enviciada, en la que el enfermo es visto como el enemigo potencial y no como el prójimo al que se intenta ayudar o socorrer.
Las razones por las que se ha llegado a esta situación, entiendo, han sido múltiples y complicadas:
El poco o nulo apoyo institucional que se le ha prestado al médico –y como muestra, léase la frase que acuñó un prestigioso político: “No pararé hasta verlos en zapatillas”, al referirse a la clase médica–; o el ejemplo de las incompatibilidades y la exclusividad. Así como la mal entendida facilidad de acceso al sistema, que se convierte en abuso superlativo en múltiples ocasiones, promoviendo los derechos de los enfermos y no así las obligaciones de estos, pero, claro está, detrás de esto no hay más que la búsqueda del voto. La prensa que se ceba ante cualquier episodio que pudiera tratarse de error o negligencia médica sin contrastar la información. La propia justicia, frente a la cual, en ocasiones, es el médico quien debe demostrar su inocencia y no el estamento legal el que debe demostrar su culpabilidad, sin tener en cuenta el principio de presunción de inocencia.
La propia clase médica, al dejar que las instituciones le indiquen o dirijan sus prescripciones y al permitir retribuciones escasas para el grado de formación y responsabilidad del médico. El acceso de los enfermos a una mayor información médica, así como su participación en las diversas opciones terapéuticas que el profesional le muestra, hacen que el enfermo pueda analizar y escoger la opción que más le interese. Por lo tanto, ya no ocurre como tiempo atrás, cuando el tratamiento lo decidía el médico, y al enfermo sólo le quedaba acatar sumiso las decisiones que se le imponían sin contar con su opinión.
Si bien esto es un avance en la relación médico-enfermo, porque otorga al enfermo el libre albedrío para decidir cual es el mejor enfoque de su problema asesorado por la opinión del profesional, no siempre es tan fácil de llevar a cabo, ya que la aparición de Internet y el acceso indiscriminado a páginas y contenidos de elevado nivel científico no entendible por el profano, así como, por el contrario, el acceso a páginas que adolecen de un mínimo rigor científico, implica que si el lector de éstas carece de la formación necesaria, puede ver su problema distorsionado y verse abocado a decisiones erróneas.
Por otro lado, es cierto que el profesional vive de forma angustiosa que sus enfermos pongan en tela de juicio sus decisiones, y que se le presenten con búsquedas en Internet sobre el problema de salud que se trate, ya que lo pueden ver como una señal de desconfianza y como un examen continuo a sus actuaciones. Se puede caer en una relación viciada por todo lo anterior, con pérdida de confianza por ambas parte, escenario que para nada contribuye a una relación de calidad basada en la confianza y el trato humano.
Esta deshumanización conlleva inexorablemente una Medicina defensiva, basada en protocolos, usos de guías clínicas, Medicina basada en evidencias que, si bien no dejan de ser útiles, científicas y legalmente correctas, ya que con ellas el médico puede demostrar que sus actuaciones son plausibles y compartidas por la comunidad científica, también nos puede hacer caer en la tentación de utilizarlas como el fin de las actuaciones del médico, cuando en realidad no son más que herramientas para desarrollar un arte.
Por tanto, es de esperar que el médico y el paciente descubran esa distancia que encuentran los erizos en las noches de frío, en la que ambos se sientan cómodos y confiados, ya que es esa confianza la base fundamental para una buena Medicina. Muchas cosas deben cambiar, pero espero que el médico se sepa adecuar a este escenario y sepa lidiar con él, fomentando el aumento del trato personal, es decir, tratar al enfermo y no a la enfermedad, pues es ahí donde reside la clave del arte de la Medicina, y no de la Medicina basada en la evidencia o en las guías clínicas, que son una buena herramienta pero no el fin último en la relación médico-enfermo.
ENRIQUE JAVIER VARGAS LóPEZ.




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